Comunicado De Af3irm Para El Segundo Encuentro Zapatista De Mujeres Que Luchan En Chiapas, México | Diciembre del 2019

AF3IRM was invited to join the Segundo Encuentro Internacional de Mujeres Que Luchan and joined on December 27, 2019, some 4000 women from 42 countries at the plateau of el Caracol de Morelia, Altamirano, Chiapas, Mexico, to engage in the discourse of women engaged in various struggles within their cultures and territories.

AF3IRM brought its message of affirmation for the physical integrity of the poor, the disenfranchised, the young and the vulnerable female and feminized via a public reading of its Statement to the Segundo Encuentro. Laura Ramirez of AF3IRM NY and Valeria Espinosa, AF3IRM National Programme Coordinator, delivered the statement on behalf of the organization.

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Nosotras, las mujeres de Af3irm, encarnamos el espíritu de la resistencia viva. Somos producto de la esclavitud, el desplazamiento, la colonización, pero lo más importante: de una lucha feroz. Fuera de los escombros de la guerra y a través de la fuerza de nuestros antepasados, nos levantamos e irradiamos. 

Nosotras de Af3irm estamos comprometidas al avance del feminismo transnacional. Es nuestra obligación, como mujeres en la lucha por la liberación, considerar siempre el impacto global de los problemas por los que abogamos. Dependiendo el área en el mundo donde están nuestras hermanas, las formas en que las políticas globales nos afectan no siempre son las mismas. En Af3irm participamos no con derecho sino con obligación. Nuestra libertad en cualquier lugar depende de la libertad de nuestras hermanas en todas partes. Tenemos una responsabilidad hacia nuestras hermanas que luchan, de ser extremadamente críticas en nuestro análisis de los sistemas globales de explotación y cómo se interrelacionan para consolidar la opresión de las mujeres en todo el mundo.

Las Zapatistas primero tomaron las armas en defensa de su territorio y tierra y reconocemos que esta lucha no es diferente a la de la liberación de las mujeres. Desde las mujeres taínas en el Caribe hasta las mujeres miskitu en América Central; desde las mujeres guajajara en Brasil hasta las mujeres Zapatistas que gentilmente nos han invitado a su tierra aqui en Chiapas, las mujeres a lo largo de la historia han sido y continúan siendo la primera línea de la defensa de la tierra.Hoy la tierra y las mujeres siguen bajo ataque por las mismas fuerzas. Fuerzas motivadas por intereses capitalistas que buscan deslocar a las mujeres de nuestras propias tierras, para hacernos productoras de ganancias por cualquier medio necesario. Fuerzas del neocolonialismo que no tienen interés en la preservación de las formas de vida indígenas que valoran la conexión sagrada de la comunidad y la tierra. Fuerzas del neoliberalismo que denuncian grupos sociales y étnicos que se niegan a contribuir al proyecto de conquista económica global. Existe una presión creciente en varios rincones del mundo, especialmente en los Estados Unidos, uno de los mayores receptores de mujeres migrantes por resultado de sus propias acciones de conquista imperial, para despenalizar completamente la industria del sexo en su totalidad. Estos esfuerzos de despenalización buscan eliminar las sanciones de no solo las personas
que se venden en el comercio, sino también los compradores del sexo, los dueños de burdeles, los turistas que viajan solo para comprar sexo y los gerentes de terceros partidos también conocidos como “proxenetas”. Y mientras es justo y correcto despenalizar a aquellos cuyos cuerpos son sitios virtuales de fábrica ”Para la generación de ganancias”, lo mismo no puede extenderse a aquellos, en su mayoría hombres y hombres blancos, que se benefician de la reducción de las mujeres como mercancía.

Dentro del mercado del comercio sexual, los cuerpos feminizados se reducen a máquinas para satisfacer las demandas patriarcales de producir el sexo. El sexo resultante es un producto que se consume, vende e industrializa. El comercio sexual crea un ambiente donde los cuerpos de las mujeres son tanto el sitio de producción como el producto en sí. Nos negamos a limitar nuestra existencia y valor a las demandas del mercado. Los defensores de la industria del sexo, que incluye a sus especuladores, pero también a los que se venden dentro del comercio, se defienden individualizando los intercambios económicos que se realizan dentro del comercio sexual. Pero cuando se compra y vende a una compañera, todas tenemos el potencial de ser mercancía en esta industria global multimillonaria. Reducir el comercio sexual a un asunto individualista es el neoliberalismo en la práctica. Justificaciones como estas otorgan licencia al mercado neoliberal para continuar devastando y explotando a los más vulnerables entre nosotras. Ya existimos en un mundo plagado de patriarcado y plagado de violencia sexual. Si el mercado para servir a la sexualidad masculina se justificará mediante la despenalización, el sentido del derecho masculino aumentaría de manera exponencial. ¿Y qué sucederá cuando haya escasez de mujeres para satisfacer las crecientes expectativas de los hombres? ¿O cuando los hombres viajen a países con dólares estadounidenses más valiosos que la moneda local, por diseño como resultado de sus propios acuerdos comerciales manipuladores? La respuesta a estas preguntas es la misma para cualquier otro mercado global: producir más productos. En los lugares que han intentado la despenalización total, las mujeres y las niñas indígenas, las niñas de color y las niñas que viven en la pobreza satisfacen la mayor demanda. Estos impactos de la despenalización no son hipotéticos. Estas consecuencias se han observado y se predijeron con conocimiento de cómo funciona y prospera el mercado capitalista buitre.

Esperamos aprender, compartir y pavimentar el camino hacia nuestra visión compartida de poner fin a la violencia contra las mujeres. Observamos especialmente la Ley Revolucionaria de Mujeres Zapatistas de 1996 número 31, “La mujer tiene derecho a exigir la erradicación de la prostitución en las comunidades”, mientras luchamos por reconocer la prostitución, y la industria global multimillonaria que la sigue, una forma de violencia de género. Luchamos por esto porque creemos que la violencia contra cualquier mujer es violencia contra todas nosotras. Nos negamos a comprar y vender nuestros cuerpos o los cuerpos de nuestras hermanas nativas, indígenas, migrantes y de color. Nos negamos a normalizar el relanzamiento del comercio sexual como una opción viable para nuestras hermanas en la lucha. Nos negamos a cimentar su posición como la clase subordinada que sirve al sexo. Insistimos en que ni la tierra ni las mujeres son territorios de conquista.

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We, the women of AF3IRM, embody the spirit of living resistance. We are the product of slavery, displacement, colonization, but most importantly, of fierce struggle. Out from the rubble of war and through the strength of our ancestors, we rise and radiate.

We of AF3IRM are committed to the advancement of transnational feminism. It is the obligation of women in the fight for liberation to always consider the global impact of the issues for which they advocate. Depending on where in the world our sisters’ feet land, the ways in which global policies affect us may not be the same. We at AF3IRM engage not with entitlement but with obligation. Our freedom anywhere depends on the freedom of our sisters everywhere. We have a responsibility to our sisters in struggle to be extremely critical in our analysis of the global systems of exploitation and how they intersect to cement women’s oppression worldwide.

The Zapatistas first took up arms in defense of their territory and land and we recognize that this fight is no different than that of women’s liberation. From Taíno women in the Caribbean to Miskitu women in Central America; from Guajajara women in Brazil to the Zapatista women who have graciously invited us to their land in Chiapas, women throughout history have been and continue to be on the front lines of defending land.

Today land and women continue to exist under attack by the same forces. Forces motivated by capitalist interests that seek to dispose women from their own land, to make them producers of profit by any means necessary. Forces of neocolonialism that have no interest in the preservation of the indigenous ways of life that value the sacred connection of community and land. Forces of neoliberalism that denounce social and ethnic groups who refuse to contribute to the project of global economic conquest. There is mounting pressure in various corners in the world but especially in the United States – which happens to be one of the largest recipients of migrant women, as a result of its own actions of imperial conquest – to fully decriminalize the sex industry as a whole. These decriminalization efforts seek to remove penalties from those sold in the trade, sex buyers, brothel owners, sex tourists, and third-party managers also known as “pimps.” And while it is just and right to decriminalize those whose bodies are virtual “factory sites” for the generation of profit, the same cannot be extended to those – mostly men, and mostly white men– who profit from the reduction of women as commodity.

Within the marketplace of the sex trade, feminized bodies are reduced to machines to serve the patriarchal demands of producing sex. The sex that results is a product that is consumed, sold and industrialized. The sex trade creates an environment where women’s bodies are both the site of production and the product itself. We refuse to limit our existence and value to the demands of the marketplace. Proponents of the sex industry which includes its profiteers but also those sold within the trade come to its defense by individualizing the economic exchanges that are made within the sex trade. But when just one compañera is bought and sold, we all wear the potential of being commodity in this multi-billion-dollar global industry. Reducing the sex trade down to individualism is neoliberalism in practice. Justifications like these give license to the neoliberal market to continue to ravage and exploit the most vulnerable among us. We already exist in a world plagued by patriarchy and riddled with sexual violence. If the market to serve male sexuality were justified through decriminalization, male entitlement would swell exponentially. And what will happen when there is a shortage of women to meet men’s swelled expectations? Or when men travel to countries with American dollars more valuable than the local currency by design, as a result of their own manipulative trade agreements? The answer to these questions is the same as in any other global market: produce more product. In places that have tried full decriminalization, the increased demand is filled by indigenous women and girls, girls of color and girls living in poverty. These impacts of decriminalization are not hypothetical. These consequences have been observed and were predicted with knowledge of how the vulture capitalist market functions and thrives.

We look forward to learning, sharing and paving the path towards our shared vision of ending violence against women. We especially look to 1996 Revolutionary Law of Zapatista Women number 31, “The woman has the right to demand the eradication of prostitution in the communities,” as we fight to recognize prostitution, and the global multi-billion-dollar industry that follows it, a form of gender-based violence. We fight for this because we believe that violence against any woman is violence against us all. We refuse to have our bodies or the bodies of our native, indigenous, migrant, and communities of color bought and sold. We refuse to normalize the rebranding of the sex trade as a viable option for our sisters in struggle. We refuse to cement their position as the subordinate, sex-serving class. We insist on neither land nor women being areas of conquest.

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